25 Octubre 2012




Ruidoso en su progresar, silencioso a la hora de dar el salto, Marcus tuvo que pedir dinero para presentarse a unas pruebas que le cambiaron la vida. De la nada al todo en Tulsa, el Charles Barkley pimentonero sorprende en la Liga Endesa y brinda por todo lo que vivió. Daniel Barranquero lo relata

\"Guai-em-si-ei\". Así, a lo castizo. Imposible no cantar con esas cuatro letras (YMCA) que un buen día popularizaron los Village People. Cuatro letras que son el ayer y pudieron ser el hoy y el mañana de Marcus Lewis. Desanimado, ignorado en el draft de la NBA e inadaptado al viejo continente, tras el verano de 2009 el baloncesto pareció quedarse en solo un buen sueño.

Lo que le había hecho vibrar, lo que le había hecho crecer. Su pasión, su dichosa pasión, se desvanecía. Amor no correspondido. La vida misma. El baloncesto no le devolvía todo lo que había dado por él y Marcus elegía otro camino. El pan nunca fue barato. Entrar a trabajar con la YMCA; una asociación de carácter no lucrativo muy extendida por el país y por el resto del mundo, su tabla de salvación. “Trabajaba con niños, en programas de colegio. Necesitaba dinero para comer y para vivir”.

Como si la chica de sus sueños le concediese una última cita, una última oportunidad de estirar el romance, de alargar el idilio, un buen día su madre le avisó. Los Tulsa 66ers hacían unas pruebas en la ciudad. En plan casting, buscando nuevos valores, perlas alejadas del radar de los especialistas, uno de esos procesos selectivos rutinarios con más ilusión que resultados.

¿Y si le servían de trampolín? Parecía complicado. Ni siquiera significaba una puerta a jugar con el equipo de la Liga de Desarrollo, sino una serie de sesiones cuyo premio para el que convenciera, si es que lo había, era una simple invitación a un campus del equipo. Sin prometer nada más. Nunca nadie procedente del “tryout” había completado el camino hasta la élite con los 66ers. Jamás.

No importaba. Marcus no perdía nada por probarlo. Bueno, en realidad sí. Dinero. ¡Y lo que dolía! Su familia contribuyó al sueño, con su tío y sus padres apoyando al jugador, cuyo anhelo tenía un precio. 150 dólares la simple inscripción. 79 la noche de hotel. De deseo a apuesta. De apuesta a inversión. “Mi familia me ayudó a pagar el dinero, yo solo tenía para vivir, ya que me pagaban de la YMCA semanalmente. Ella pensó que podría ser una buena oportunidad para mí”. Y lo fue.

Sábado. 10 de octubre de 2009. Tulsa Convention Center. La prueba empezaba a las 9 de la mañana. Solo los mejores serían invitados a la prueba del domingo. El angelino estuvo entre los elegidos. Al día siguiente, volvió a encadilar. Tenía candados, cerraduras con silicona y muros detrás de ella, pero Lewis acababa de abrir la puerta más pesada de su carrera. Más bien, la derribó. Cuando lo vieron en el training camp de los 66ers de Tulsa, los técnicos no se lo podían creer. ¿Cómo demonios estaba tan perdido aquel diamante en bruto? En cuestión de días, el californiano se convirtió en el primer jugador del equipo capaz de llegar desde el “tryout”. “Me dijo mi entrenador que era el primero en la historia en hacerlo y me hizo mucha ilusión. Las pruebas me salieron bien”. Las cuatro letras cambiaban de ropa. Del YMCA a la NBDL. Pero el romance había comenzado mucho antes…

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Escalar desde la sombra

De aquellas tierras que le concedió, así, por gracia real, Carlos III al soldado español Manuel Nieto en 1784, surgió el Rancho Los Nietos. Y de él, el Rancho Los Cerritos y Rancho Los Alamitos, semilla de lo que se convertiría, dos siglos más tardes, en un poderoso puerto de Los Ángeles: Long Beach. Turismo por doquier. Bikinis, sol… baloncesto. ADN californiano la del niño que desde la más tierna infancia tuvo que aprender a vivir sin su padre. Su madre haría de dos.“Crecí a su lado. Éramos ella y yo, éramos yo y ella, antes de que volviese a casarse. Ella me dio lecciones, me enseñó moral, me regaló conocimiento, me marcó las líneas de mi vida e hizo que me mantuviera centrado”.

La comunidad YMCA muy pronto entró en su vida. El baloncesto, también. Todo estaba relacionado. “Quería hacer algún deporte y pese a que también jugué al fútbol americano, me decanté por el baloncesto. Era muy alto, más que el resto de los niños. Recuerdo con cariño esos años de mi infancia. Estaba todo el día jugando al basket, con muchos amigos. El baloncesto empezaba a ser algo más que un juego. Desde pequeño, algo muy importante en mi vida, que ha hecho mucho por mí”.

Tras destacar en el colegio, brilló con luz propia en el instituto. Tuvo un buen maestro. “Me entrenó Ron Palmer, una leyenda en Long Beach. Hizo crecer mucho mi juego”. En Long Beach Poly HS se sintió muy pronto el rey, ganando la Moore League con él de MVP. Sus 18 puntos y 11 rebotes de media, su premio John Wooden (compartiendo honores con Jordan Farmar) y su capacidad para el rebote llamaron la atención de las universidades más prestigiosas de la región. “Ya que no era el mejor en el físico, tenía que ser el mejor en fundamentos de juego”, explicaba justo antes de confirmar su elección: Portland University.

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(Foto bigmdot3)

No duró mucho su aventura en aquel equipo comandado por Pooh Jeter. Con cifras sólidas para un recién llegado (9,1 pt, 5,6 reb. en la 2004-05 y 10,5 pt y 5,8 reb. en la 2005-06), Marcuscambió de aires en el ecuador de su periplo universitario. Pese a todo, no se arrepiente de su primera opción. “Era aún joven y tenía poca experiencia. Para mí era la primera vez fuera de casa y tenía que aprender muchas cosas. Estuvo bien porque lo hice. Y respondí en la pista”.

Su siguiente destino, la Oral Roberts University, un pequeño centro con unos 3.000 estudiantes, de arquitectura futurista, en el corazón de Tulsa. Su segunda casa. “Un amigo mío fue allí y, como no sabía a que centro ir, él me convenció, me dijo que fuese y yo, pese a ni saber donde estaba, me decidí. Llegué como suplente y me hice muy bueno allí. Agradezco todo lo que hicieron allí por mí”.

Número 7777. Avenida Lewis. Parecía una premonición la dirección de aquella universidad, allá donde la moral es ley. Creada por un evangelista con la intención de construir un centro en el que se “obedeciese el mandato divino, con autoridad de Dios y el Espíritu Santo”. Las restricciones eran discutibles: los menores de 25 años solteros debían vivir en el campus obligatoriamente, había separación entre hombres y mujeres, no se podía fumar ni beber, ni tener sexo extramatrimonial. El código para vestir era estricto y ni siquiera se podía llevar ni barba.

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Empero, cuando Marcus entraba en la cancha, las prohibiciones desaparecían. Ausente en la 2006-07 por el cambio de equipo y suplente en la primera temporada (8,6 pt, 5,5 reb), en la que se colaron en el torneo de la NCAA, un partido de 28 puntos le otorgó un puesto en el 5 inicial de los Golden Eagles. Nadie ya se lo quitaría. Su esfuerzo por adelgazar –perdió 15 kilos en el verano de 2008- tuvo recompensa. Liderazgo absoluto en el equipo (13,3 pt con casi un 60% en el tiro, 7,2 reb, 2,3 asis, 0,8 reb, 0,6 tap), un paso al frente y una nueva dimensión como jugador. Un “4” sin muchos centímetros, pero menudo “4”. Su sonrisa brilló más que nunca. “Es la mejor decisión que tomé nunca. Fue un gran programa, con un excelente técnico que me enseñó a defender. El gran objetivo del equipo era frenar a los rivales. Crecí mucho dentro y fuera de la pista”, reconoció al concluir su etapa universitaria. Su ascenso resultó anónimo, alejado de los focos de los scouts y vetado en el territorio draft por su tamaño y casi anonimato.

Europa parecía la vía de escape. Mal paso. “Mi agente me dijo que fuese al extranjera y probé primero en la República Checa. No salió bien, no me adapté y quería volver. Aunque antes volví a probar en Polonia - Znicz Jaroslaw- “y fue peor aún. No me gustó nada aquel país. Polonia no es como España, ni como lo que he visto en Murcia. Es muy diferente y preferí volver a casa, regresar a Oklahoma”. Y llegó su otoño de 2009 trabajando en la YMCA, su sueño aparcado, su oportunidad, su prueba, su triunfo, su confirmación, su regreso. Había llegado a los Tulsa 66ers.

La bendición de Tulsa

Aprender, aprender y aprender. Era la única consigna del jugador en la 2009-10, con mucha más importancia en su carrera que lo que sus discretos (4 pt, 3,2 reb) indican. “Era feliz por poder estar en el equipo, no me hacía más preguntas”, reconocía, al tiempo que se adentraba en el terreno profesional y servía de cicerón, cual veterano, a otro conocido de la Liga Endesa,Latavious Williams, al que, como compañero de habitación, orientó y guió dentro y fuera de la cancha para acelerar su madurez. ¡Hasta le enseñó a cocinar!

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Como en la Universidad, el verdadero cambio lo encontró en la báscula. Invitado al campus por Oklahoma, sus 127 kilos eran una losa. Literal. Nuevamente eliminó excesos. Adiós a galletas, dulces y fritos. Qué tortura. Días con dobles y triples sesiones, muchas gotas de sudor por el camino. Al igual que dos años antes, la dieta dio frutos. 17 kilos perdidos y, por unos días, las cuatro letras derivaron en tres. La NBA daba vértigo. Con los Thunder de Ibaka y HardenLewisno anotó ni un solo punto en la liga de verano –casi ni tiró-, aunque demostró que pese a sus pocos centímetros, el rebote en él era virtud.

La experiencia le dio confianza y en la 2010-11 dio otro paso al frente (7,9 pt, 5,5 reb), con un juego más explosivo y mucha menos timidez en ataque. Sin embargo, su verdadera oportunidad se le daría su técnico Nate Tibetts, entrenador suyo en los 66ers y, al mismo tiempo, encargado de dirigir al combinado USA en los Panamericanos de 2011. El ala-pívot fue preseleccionado, junto a otros 20 candidatos, para una serie de entrenamientos durante 8 días en Tulsa. Como en casa. Otro casting para soñar. Otro casting superado.

“Es trabajador, se esfuerza cada segundo, sus compañeros le respetan. Hace cosas que a otros no les gusta, como ayudar a corregir errores defensivos. Es la personificación de un jugador de equipo. Tras adelgazar se mueve bien de arriba abajo en la cancha, estoy muy orgulloso de su trabajo y podéis ver la mejora tras las incontables horas que ha echado para lograrlo. Lidera con esfuerzo, sabe como va esto y ha aprendido a ser un profesional”. Con semejante discurso de Tibetts, imposible no escogerle.

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Foto Court Vision XL

Pasado el corte definitivo, el rendimiento de Marcus Lewis en la selección estadounidense fue sobresaliente. De ir encantado con su rol de especialista defensivo, a destacar en un equipo con anotadores como Ehambe o Ahearn. Sus 7,8 puntos y 5,2 rebotes de media, una anécdota al lado de su importancia vital en dos encuentros, curiosamente ambos frente a la República Dominicana. El primero, ganado por uno por su equipo gracias a dos tapones finales con su firma. El segundo, en el que hizo 12 puntos y 7 rebotes, con canasta definitiva y ganadora que valió un bronce para Estados Unidos. Una historia que le durará toda la vida. “Le diré a mis hijos algún día que jugué para la selección USA. Cuando me llamaron imagínate la ilusión mía por jugar con ellos. Ahí no se está por el dinero. Conseguí medalla, llevé esa camiseta, jugué para ellos. Fue fantástico, un gran honor y me dio mucha confianza”. Tulsa lo comprobaría muy pronto.

En la última fase del lock-out, su coqueteo con los Milwaukee Bucks solo duró diez días, lo que aumentó su hambre. Tenía que probarse frente a sí mismo. Tenía que demostrar frente al resto. Un 22 de diciembre le decían que no iba a quedarse en el equipo y al día siguiente hacía con los 66ers 25 puntos, 15 rebotes y 8 asistencias. Ese partido no fue excepción sino normal. Encuentros con 27 puntos y 15 rebotes, otros de 22-18. 24-14, 25-15, 20-16… ¡hasta de 12 puntos y 25 rebotes! Sus medias, por las nubes (15,1 pt con un 57%, 12,7 reb, 3,1 asis, 0,9 robos, 0,9 tapones) y los elogios por fin llovieron para aquel que por su estatura siempre estuvo infravalorado. Titular en el All Star, integrante del segundo quinteto ideal y del segundo mejor equipo defensivo. Máximo reboteador de la NBDL, récord de dobles-dobles (34) y el más productivo sumando puntos, rebotes y asistencias de toda la liga. Y de guinda, el honor de ser el jugador con más partidos (137) y rebotes (989) en la historia del club.

Del gris de las pruebas al resplandor del éxito. En solo tres años. “Si de progresión se trata, Lewis es la historia de más éxito que se ha visto en la Liga de Desarrollo”, comentabaScott Schroeder, periodista y ahora director de operaciones del Sioux Falls Skyforce. La paciencia tenía premio. “Siempre la tuve. Mucha paciencia, muchísima. Desde la universidad, sin ganar mucho dinero, intenté ser mejor cada día, no salir con los amigos, centrarme en el basket, entrenar cuando me apetecía ver una peli en el sofá. Me centré en él y si lo haces, todo sale bien. Solo se trataba de ser mejor. Todo por el baloncesto. Fue mi primer amor y estoy muy feliz”, afirma aquel que repite una y otra vez la palabra“bendición” por lo experimentado y convencido de que si no hubiera tenido que supera alguna de las cosas que le tocaron vivir, no habría encontrado el camino hacia el éxito. O laberinto.

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De Tulsa a Venezuela para jugar unas semanas en el Trotamundos de Carabobo de Héctor Romero, con el que no pudo conquistar el título, cediendo frente al Marinos de Oriente en la final.“Resultó una experiencia corta porque solo me querían para Playoff, para intentar ganar el campeonato, pero no me arrepiento. Me trataron bien y no tengo ninguna queja”. De ahí a Las Vegas, llamando otra vez a la puerta NBA con los Blazers (3,6 pt, 3 reb) sin demasiado éxito para acabar, esta vez sí, cruzando de forma definitiva el charco. Tres años después, la espina clavada se convirtió en la mejor oportunidad de su carrera.

Dudas como combustible

“Es trabajador y ha ganado en velocidad y entendimiento de juego. Aporta intensidad defensiva, calidad en los bloqueos, tiene buenos movimientos de pies, pick&roll, y finaliza con tacto. Su capacidad para el rebote es uno de sus mayores valores, tiene solidaridad con los compañeros dentro y fuera de la pista y suma en todos los intangibles”. Con esa carta de presentación, palabras del director deportivo Paco Guillem,Marcus Lewis aterrizaba en Murcia, donde muy pronto, como le tocó vivir durante toda su vida, generó dudas por su falta de centímetros para ser interior. Y más para ocupar el rol de “5”.

Su pretemporada, con más destellos (26 valoración frente a Blusens Monbus, 16 puntos contra Gescrap Bizkaia) que regularidad, alimentó el debate entre la afición, lo que acabó por hacerle más fuerte. Una vez más. “Me encanta que duden de mí. Es mi mejor gasolina”. El petróleo de sus venas movería el mundo. Golpe en la mesa en la jornada 1, con 15 puntos, 8 rebotes y 24 de valoración contra Cajasol. Segundo aviso contra Valencia Basket (25 puntos con 10/11 en tiros de 2, 25 de valoración). Confirmación frente al Lagun Aro: 16 puntos, 10 rebotes, 27 de valoración, con nominación en el Mejor Quinteto de la J4 incluida. ¿Hasta dónde? “Estoy a buen nivel pero puedo hacer mucho más. Mi equipo sabe que lo puedo hacer y yo también lo siento”.

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ACB Photo / Javier Bernal

Sus promedios son sobresalientes, y más para un recién llegado a la Liga Endesa: 21,5 de valoración (3º en la competición), 16 puntos (7º), 6,75 rebotes (12º) y 1,5 tapones (5º) para el jugador que más canastas de 2 anota (6,75) con el 5º porcentaje más alto (73%). Su trascendencia va más allá, con la estadística +/- poniéndose de su lado. Un +15 con él en pista en la victoria frente al Cajasol y un +17 contra el Lagun Aro, registrando incluso un +9 en la derrota frente al Valencia BC, lo que le permite ser, con diferencia, el jugador con mejor balance de su equipo cuando juega con una media de +6,8 por partido. Con él en pista durante 113 minutos, el UCAM Murcia ha vencido por 27 puntos. En solo 47 minutos con el de Long Beach en el banquillo, su equipo presenta un balance de -29.

La avalancha de datos no le hace perder la perspectiva. “Me dan exactamente igual las estadísticas individuales, no pienso en ellas. Basicamente mi objetivo es ganar, quiero hacerle triunfar. Entrar en la Copa del Rey o llegar al Playoff sería increíble. Si necesitan que anote mucho, lo haré. Si quieren que rebotee, también. No tengo problemas. Solo quiero ganar. Si lo hacemos, todos estamos felices”.

Marcus Lewis no deja indiferente a nadie. Su forma de jugar, sus gestos –cruzarse de brazos tras un 2+1, revolverse en el parqué tras una falta personal- y ese punto de expresividad, excentricidad y de showman sorprenden. Su rendimiento, a pesar de tener un amplio margen aún de mejora defensiva, en teoría uno de sus principales fuertes desde sus años en ORU, más aún. Cuando hay alegría, la adaptación se queda en anécdota. “Estoy muy feliz en Murcia. La Liga Endesa es una gran competición. Había escuchado cosas muy buenas y son ciertas, es la que está más cerca de la NBA en el mundo. No tengo nada malo que decir de ella. Y el resto también. Todo el mundo en Murcia es genial, me gusta jugar aquí. Me cuidan mucho, mis compañeros son increíbles, gente muy grande que me ayuda. Me dan clases de español, son abiertos, me echan una mano y se lo agradezco. Los entrenadores, la ciudad... todo fántastico, ¿cómo podría quejarme?” La satisfacción es mutua.

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ACB Photo / Javier Bernal

Un brindis con música

Marcus sabe qué hará cuando acabe la llamada. Le toca escribirle a su amigo de toda la vidaMoses Ehambe, rival el domingo en Badalona. Su carrera y la del jugador del FIATC Joventut parecen hermanas. Compañeros en Oral Roberts University, en Tulsa 66ers y hasta en la mismísima selección estadounidense que ganó el bronce en México ’11, el baloncesto le volvió a reunir en la Liga Endesa. Esta vez son enemigos. Al menos, durante 40 minutos. “Hablo con él cada dos días. Le visitaré el próximo domingo. Jugar con él en la Universidad, en la NBDL y el All-Stare e incluso en el combinado USA fue maravilloso. Lo aprecio mucho, es un gran tipo, buena gente. Me alegra enormemente de que le salgan bien las cosas”.

De orígenes militares, paciente y religioso, Marcus confiesa que fuera de la cancha tiene poco de la explosividad que muestra bajo los aros: “Me gusta relajarme y disfrutar. Sea con la tele o saliendo con mi novia. Viajar, hablar con la gente, ir al campo o a la ciudad. Y conocer nuevas culturas”. La  Playstation 3 le llama. La música, mucho más. Lewis no puede evitar la carcajada cuando se le pregunta por su afición más personal. “¡Sí, me encanta! Creo bases musicales y la gente viene a casa y hace raps. Es un hobby que continúo en Murcia. La música es algo grande, que me permite hacer algo diferente al baloncesto, me hace estar centrado y lo necesito. A veces viene tan bien escaparse…”

Marcus no se corta. Con la ilusión de un niño, su Twitter es su ventaja al mundo. “Estoy esperando en el aeropuerto escuchando mis propias composiciones. ¿Quién puede decir eso?”, escribió una vez aquel que no duda en pedir ayuda a los seguidores murcianos sobre cualquier tema. Un día pregunta donde comprar una mesa de DJ, otro busca a productores musicales para que sean sus profesores, al siguiente comenta que le apetece aprender a tocar el piano y al cuarto le apetece encontrar un profesor de guitarra española. Genio y figura.

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(Foto bigmdot3)

“Me encanta hablar con mi gente por Twitter. Ellos me ayudan, me dicen sitios a los que ir o consejos de música que no conocía. Si busco algo siempre tengo su respuesta. Y después vienen a los partidos. Es fácil jugar así. Soy un tipo abierto, me gusta hablar con la gente y siempre intento responderles a todos y decirles lo que pienso”, confiesa aquel enamorado del estilo de vida americano, especialmente en las comidas, obligado a engancharse ahora al arroz con verduras.

“Mis tatuajes me animan a seguir empujando”, se repetía a sí mismo durante la dura pretemporada, allá cuando, tras una carrera por las montañas con su equipo, se dijo a sí mismo:“Definitivamente, tras esto, voy a ser una bestia este año”. Es el reto del californiano, cuya máxima aspiración en el baloncesto es ganar títulos y cambiar por siempre las dudas por certezas. A falta de centímetros, orgullo.

“No seré alto, al menos para mi posición, pero con buena condición física y buena colocación en pista puedo ser un gran reboteador”. ¿Un Charles Barkley a la murciana?“¡Ojalá!”, exclama otra vez entre risas. Tocado su punto débil. “Barkley era mi jugador favorito, me encantaba su juego. Era bajito, como yo, pero hacía mucho. Fuerte en la pintura, rápido… me encanta el solo hecho de oír mi nombre tras el suyo. No era gigante pero siempre se hacía hueco con ese tamaño. Esa es la forma en la que me gusta jugar a mí”.

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ACB Photo

Suena “Runaway”, ese caviar en forma de canción que Kanye West le regaló al mundo. Ningún otro le gusta más a Marcus, que podría recitar como suyo ese “So I think it’s time for us to have a toast” (”Entonces creo que ya es hora de que brindemos”) de la canción, que le haría acordarse, uno por uno, de aquellos que no creyeron en su sueño. Un brindis por sus centímetros, los que están y los que no. Un brindis por aquella prueba para la que tuvo que pedir dinero. Y por los que se lo prestaron, claro. Un brindis por las dietas, por su etapa en YMCA, por las ligas de verano y por aquella elástica estadounidense que vistió con tanto orgullo. Un brindis por el esfuerzo, por el camino y por la meta, por más que esté tan lejana. Un brindis por el sol de California, el art decó de Tulsa y la mismísima Catedral de Murcia. Un brindis por este tren pintado de rojo, tan veloz como su ambición. Un brindis por seguir brindando. ¡Salud!
fuente

Daniel Barranquero. ACB.COM