21 Marzo 2012




Su vida es una película. De descargar cajas de madrugada a pisar el Rose Garden tras su día más amargo. De pegamento defensivo en NBA a líder atacante en Murcia sin dejar de comer fufu. Novia mediática, récords fraternales... Barranquero completa las piezas del puzzle de su emocionante vida

Ime colgó la llamada con una sonrisa

. Vitalis, con el mayor orgullo imaginable. Llevaban muchos años esperando una conversación similar y jamás un teléfono les sonó tan cálido.

Unas semanas antes, la lesión a última hora de Aaron Miles le dio una oportunidad a Ime Udoka de participar en el training camp de los Trail Blazers. Y lo hizo tan bien que se ganó la oportunidad de acercarse más que nunca a su sueño, aquel que anhelaba desde hacía 29 años: ganarse un hueco en la plantilla del equipo de su vida, Portland.

No era un martes cualquiera. En aquel telefonazo matinal, el jugador le confirmó a su padre, que tras perderse el primer amistoso de su equipo por lesión, esa noche iba a defender por primera vez los colores de su equipo de toda la vida en el Rose Garden, contra Golden State. Qué momento aquel, cómo iba a disfrutarlo el niño que años antes saltaba animando a Drexler y el padre enamorado del baloncesto que le llevaba de la mano. Ime se vestía de profeta en su tierra y Vitalis no podía sentirse más impaciente por verle jugar en el mítico pabellón de Oregon.

Empero, la sonrisa de la mañana se vio interrumpida por otra llamada, a la 1 de la tarde. Una voz aséptica le comunicaba que su progenitor acababa de desvanecerse. En el momento en el que Ime llegó, no había ya más que hacer. Nadie podía esperárselo y menos tras su reciente visita al médico, dos semanas antes, con resultados satisfactorios. Su papá, con solo 59 años, había fallecido debido a unas complicaciones de su presión sanguínea, agravadas por su diabetes.

El mundo se le vino encima al jugador, cuyas lágrimas pesaban más que cualquier ilusión provocada por una pelota naranja. Cuando Ime Udoka estaba más desolado, su madre, Agnes, le convenció de que no habría nada que le hiciera sentir a su padre más orgulloso que volverse a enfundar la elástica de los Trail Blazers y luchar con más fuerza que nunca por un hueco en el equipo.

Dos días después, poseído por el espíritu de Vitalis, el jugador firmaba 16 puntos, 5 asistencias y 4 robos, repitiendo marca anotadora contra los Supersonics, amén de brillar en defensa en ambos de carácter preparatorio. La siguiente cita coincidía con la fecha más gris, la del entierro. “Ve con tu familia. Este amistoso no puede cambiar lo que pensamos de ti”, le dijo McMillan. Mientras el cura pronunciaba las últimas palabras de la ceremonia, a kilómetros de distancia los Blazers emitían un comunicado oficial que convertía aquel 26 de octubre en el día de más contrastes de la vida de Ime: la franquicia confiaba en él y le firmaba hasta final de temporada. Cuánto hubiera celebrado con Vitalis esa noticia. Maldito sabor agridulce con el puzzle ya completo.

De la cumbre a las cajas

Vitalis nació en Akwa-Ibom, al sur de Nigeria. A los 26 años, buscó un futuro mejor en Estados Unidos, se diplomó en Negocios y aterrizó en Portland, donde encontró a Agnes, de la que se enamoró al primer día. Pronto llegarían James y Mfon, sus dos primeros hijos. El destino del tercero estaba escrito. Su madre se fue a celebrar el primer y único anillo NBA de Portland, con aquel inolvidable equipo liderado por Bill Walton, cuando estaba embarazada de 7 meses del más pequeño de los Udoka.

Es como si el bebé, llamado Ime Sunday Udoka, se hubiese contagiado desde el vientre de su madre de la locura por el baloncesto. Tras establecerse definitivamente en Oregon después de pasar por Los Angeles y probar con el béisbol y el fútbol americano, el niño se enganchó al basket, atraído por la magnética figura de Clyde Drexler y por la Blazermanía que inundaba su ciudad y su propia casa.

Maratones nocturnas en las pistas de Moore Street, aprendiendo de Terrell Brandon y Damon Stoudamire, en Ockley Green,, a la que no faltaba hubiera calor o nieve, o en el pabellón del Jefferson High School, su instituto, el lugar que le convirtió en quien hoy es, según confiesa. Siempre infatigable, siempre con el 22 de Drexler a su espalda.

Su etapa universitaria se inició en 1995, en la modesta universidad de Eastern Utah, donde pasó de los 11,8 puntos y 7,1 rebotes de media a los 14,7 y 6,7 rebotes en su segunda campaña, última en aquel centro, antes de partir a San Francisco, donde Ime Udoka conoció el reverso de la moneda. “El fracaso resultó una motivación. Aquella fue mi primera experiencia en baloncesto que no fue bien, lo que me incentivó para mejorar y cambiar la situación, con el objetivo de que no volviera a repetirse”, rememora, aún receloso de sus pírricas cifras en aquel año: 1,8 puntos y 2 rebotes en 10 minutos de media por encuentro.

Urgía cambio y, pese a su poca disposición por volver a casa y jugar en Portland State University, la decisión no pudo ser más acertada. El precio a pagar, un año sin competir, condena marcada por las reglas de la NCAA. Salió barato. A cambio, Udoka mostró su mejor versión. Fuerte, ambicioso, polivalente, imparable. A la tercera, fue la vencida. El alero, capaz de jugar en cualquier posición exterior, se erigió como el mejor de su equipo en puntos (14,5), rebotes (7,3), asistencias (3) y robos (1,6), haciéndose un nombre en la conferencia y llamando la atención de la NBA, que se preguntaba quién era ese todoterreno con un físico tan privilegiado capaz de hacer tantas cosas en el parqué.

“Por primera vez me convertí en líder. El equipo se dio cuenta de ello y jugó para mí”, relata con énfasis, antes de llegar a otra zancadilla del burlón destino. Una inoportuna lesión en la rodilla antes de despedirse de su etapa universitaria le dejó sin opciones en el draft, lo que le decepcionó y motivó a partes iguales. Nadie dijo que hay solo una forma de llegar a la NBA.

El de Oregon se ganó una prueba con sus Blazers del alma pero fue cortado en el primer campus de entrenamiento por sus problemas físicos, que se multiplicarían. Ni siquiera su breve paso por la IBA, jugando un mes para probar su rodilla con los Fargo-Moorhead Beez (12 pt, 6 reb), se quedó en anécdota, ya que las lesiones le obligaron a parar.

Udoka se prometió a sí mismo darlo todo para su recuperación, sí, pero de algo tendría que vivir hasta firmar su primer contrato. Y no se le cayeron los anillos por los sacrificios. Durante 10 meses, más de lo que dura una temporada, el jugador combinó las largas sesiones de recuperación con un trabajo nocturno, de 2 a 8 de la mañana, en la empresa de envíos Federal Express, cargando y descargando cajas hasta que el sol luciera en el cielo con fuerza. “Necesitaba hacerlo y ganar un poco de dinero. Volver al baloncesto era la mejor motivación y mi trabajo nocturno, a la larga, me benefició mucho durante mi trayectoria, especialmente en el aspecto mental. Me repetí que si era capaz de llevar ese ritmo durante 10 meses, podría hacer cualquier cosa que me propusiera durante mi carrera de basket”. Las ojeras conviven con los sueños.

Sueños de NBA

En 2002, ya recuperado, Ime cambió las cajas por canasta y red, enrolándose en las filas del North Charleston Lowgators de la NBDL, con el que firmó 10,2 puntos y 5,4 rebotes en su estreno. “Para mí, un gran paso. Significó el regreso, el adiós a las lesiones, la primera oportunidad real fuera de la universidad. Pude enseñar mi dedicación y mis ganas de seguir creciendo, ya rehabilitado”. Fue el preámbulo a un verano inolvidable, el de 2003.

En él, tras 2 semanas con los Adirondack Wildcats de la USBL, fue firmado en agosto como agente libre por los Lakers, con los que vivió unos meses de ensueño. Como si fuera un niño, aprendía en cada entrenamiento de los Kobe Bryant, Shaquille O’Neal, Karl Malone, Gary Payton, Rick Fox y compañía, de los que aprendía y disfrutaba en cada conversación. Cortado justo antes de empezar la temporada, desoyó los cantos de sirena de Europa y decidió regresar a North Charleston para apurar sus opciones NBA. No pudo salirle mejor la apuesta.

Unos presumirán de títulos y otros de talento, pero casi nadie en el mundo puede gritar a los cuatro vientos que, un buen día, fue con todas las de la ley, el jugador que reemplazó a Kobe Bryant. Ni más ni menos. Después de la lesión de la estrella angelina, los Lakers se acordaron de la labor en verano de Udoka y le ofrecieron un contrato por 10 días. Debutó un 14 de enero de forma muy digna con Denver (4 puntos, con 2/2 en el tiro, en 6 minutos) y acumuló 8 puntos y 5 rebotes en 28 minutos, repartidos en 4 choques. Participación testimonial… mas cuántos la querrían. “No sé si es más especial que jugar en el equipo de mi tierra pero para mí es la primera vez que me sentí perteneciendo al más alto nivel. Y eso significó mucho”.

Su estreno sirvió igualmente para un récord, orgullo en vida para Vitalis y Agnes. Por primera vez en la historia, con él en Los Angeles Lakers y su hermana Mfon en Los Angeles Starks, coincidían dos hermanos jugando en NBA y WNBA en una misma temporada. “Ella fue una gran jugadora. Al principió seguí los pasos de mi hermano James y, más tarde, los suyos. Me encantó. Jugó en la WNBA y por todo el mundo, en España también. Tuvo una gran carrera, llegó a los JJOO con Nigeria y es un ejemplo de cómo alcanzar el éxito”.

A mitad de enero, después de su fugaz paraíso teñido de amarillo, volvió otra vez a North Charleston, con el que terminó como tercer máximo anotador de la NBDL, promediando 16,9 puntos y 7,2 rebotes por encuentro y forjándose un nombre tan sonoro que cruzó el mismísimo Atlántico para acabar sonando en la orilla de la playa de Las Canteras. Más amarillo para su carrera.

Trotamundos Udoka

El Auna Gran Canaria de Pedro Martínez puso su ojo en él en la 2004-05. Y el cuadro insular, cuando apuesta por un norteamericano, falla muy pocas veces. Ime Udoka llegó prometiendo puntos, asumiendo un rol ofensivo, aunque pronto vio que la ACB no sería un paseo de rosas. Le costó adaptarse más de lo que creía a un baloncesto totalmente nuevo para él y sus números no impresionaban: 8,1 puntos y 4,1 rebotes de media.

La lesión de Gonzalo Martínez en marzo precipitó los acontecimientos. El conjunto insular necesitaba urgentemente un base y cedió el mando de su nave a Billy Keys, cuya plaza de extracomunitario abría la puerta de salida al de Portland, que hizo las maletas con destino Francia sin arrepentirse de su paso por la isla: “Suponía mi primera experiencia europea y pienso que mi juego pudo ayudar a que otros jugadores mejorasen”.

Vuelta de tuerca en el Vichy Auvergne, con una concepción mucho menos colectiva y obligado a ponerse el disfraz de héroe para intentar salvar a un equipo casi desahuiciado. Y casi lo consigue, mostrando la versión más salvaje, descarada y ofensiva de su trayectoria, con 24,2 puntos, 8,4 rebotes y 3,7 asistencias de media por choque –llegó a firmar 44 de valoración y solo en un encuentro de nueve bajó de la veintena de puntos- que casi obran el milagro de la permanencia. Quedó cerca. “El equipo necesitaba ayuda y pude jugar muy libre. Me sirvió para continuar creciendo”, sostiene.

De raíces nigerianas, Ime siempre se sintió orgulloso del país de su padre, de sus orígenes, y se sintió encantado por poder defender los intereses de las águilas verdes en el Afrobasket 2005. Cuántas caldos egusi se tomó en su infancia. Cuántas veces le pidió a su padre que le cocinara sopas edikakong. Cómo devoraba el fufu, esa mezcla de raíces servida con sopa que le hacía ascender al mísmísimo cielo de niño y mayor. Aunque solo fuese por sus comidas… ¿cómo no iba a morir en la cancha por Nigeria?

En la pista no –allí aportó 13,5 puntos, 5,6 rebotes y 3,9 asistencias de media para un bronce que valía plaza en el Mundial-, pero casi lo hace fuera de ella. Gabe Muoneke contaba en su blog de Hooshype una de las anécdotas de su vida, tras aquel partido por la 3ª plaza que por poco le cuesta muy caro a Nigeria. “Hubo provocaciones, golpes… les ganamos en casa y los argelinos nos esperaron en el vestuario. Y de repente veo a Ime, el tío más tranquilo, sacándolos de allí como en Mortal Kombat. Increíble. En un momento me dice sin perder la calma que cuidado con lo que venía detrás, ya que también había seguidores, y él calmado, y digo calmado, para la silla con la que me iba a dar y sigue sin inmutarse despachando a la gente. Con lo tranquilo que era, nos salvó la vida. Al rato, mientras le mandaba un sms a mi madre, le veo riendo, devorando su fufu… como si nada hubiera pasado”, relataba atónito el ex baskonista.

Después del campeonato africano, Udoka firmó por el Zalgiris, con cláusula de escape para la NBA, que utilizó a las pocas semanas para probar en los training camp con los 76ers y los Cavaliers. A pesar de que volvió a rozar el comenzar la temporada en una franquicia NBA, nuevamente fue cortado y decidió jugar en la 2005-06 con los Fort Worth Flyers, con los que fue incluido en el Quinteto Ideal de la NBDL (17,1 pt, 6,2 reb), además de ser premiado por su deportividad y valores en la pista. “Demostré que tenía capacidad anotadora y que podía jugar en la NBA”. La llamada en abril de los Knicks le dio la razón. En Nueva York solo jugó 8 partidos (2,8 pt en 14,3 minutos de media), aunque el alero se tomó su experiencia en la Gran Manzana como su “mayor catapulta” hacia su confirmación definitiva.

Antes de ella, Udoka regalaría momentos mágicos en el Mundial 2006. Animó como nadie la competición con Nigeria, con partidos en los que coqueteaba con el triple doble, liderando en ataque a su combinado nacional y tumbando a auténticos cocos como Serbia y Montenegro, con 18 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias con su rúbrica. A las órdenes de su técnico en la D-League Sam Vincent y con el hoy jugador del Blusens Monbus Ebi Ere como fiel escudero, a veces hacía de base, otras de escolta o alero, en ocasiones era el líder absoluto en ataque o por momentos se centraba en parar a la estrella rival.

Omnipresente, metió a su equipo en octavos y se quedó a un punto de llevarlo a cuartos –todavía le duele aquella bandeja fallada al final frente a la Alemania de Nowitzki-, con unos números de vértigo: 14,2 puntos, 5,2 rebotes, 3,7 asistencias y 2,2 robos por encuentro. Excelso.

Su magistral torneo elevó su caché y lo alejó de un CAI Zaragoza que intentó ficharle para su proyecto de ascenso a la ACB, antes del mes más intenso en la vida del jugador. Aquella invitación a última hora al campus de los Blazers de Kevin Pritchard, aquel debut en el Rose Garden que su padre jamás pudo ver y esa emotiva reacción de orgullo y coraje que Ime Udoka tuvo tras su muerte, consiguiendo con sudor y lágrimas su sueño más puro, con un contrato –mínimo pero garantizado- en la NBA en su equipo de toda la vida. Portland le esperaba. Iba por Vitalis. Iba por los valientes.

La historia del año

En el baloncesto, como en la vida, si no eres el mejor debes encontrar la forma de destacar por algo. Y Udoka, a pesar de tener ya 29 años y contar con unos pocos minutos de la basura en la NBA, resultaba una pieza codiciada por su excelente defensa, además de gustar la versatilidad e inteligencia en pista mostrada meses antes con Nigeria y la calidad humana de un jugador que no bajó los brazos ni con sus ojos inundados de lágrimas. El baloncesto, su terapia.

“No eres humano si no te sientes bien por lo que ha hecho. Que llegase al equipo es una de las experiencias de basket mejores que he tenido nunca”, comentaba el manager Pritchard, con el entrenador McMillan asintiendo: “No solo se ha ganado el derecho a estar sino a jugar minutos importantes”. Y cumplió su palabra.

Desde el primer partido hasta el último, Udoka se asentó como titular, con sus 75 partidos en los Trail Blazers jugando en el cinco inicial. Tanto por edad, como por falta de experiencia y, especialmente, por el ejemplo de superación tras la muerte de su padre, la de Udoka fue la historia de la NBA en aquella 2006-07 en la que por fin pudo mostrar sus fundamentos. Querido en el vestuario y pegamento en el parqué, a Ime, el mejor defensor exterior del equipo para su entrenador, le ponían a secar a la estrella rival, brillando en tareas oscuras contra los Kobe Bryant, Paul Pierce, Carmelo Anthony o un LeBron James que declaró que era el oponente más complicado de superar.

En ataque, además, se destapaba con actuaciones brillantes (21-7 contra los Grizzlies, 19 contra sus ex de Lakers, 15 a los Jazz, 14 a Heat, Jazz y Nets…), con un 46,1 % en tiros de campo y 40,6 % en el triple que le daban más mérito a su media de 8,4 puntos, 3,7 rebotes, 1,5 asistencias y 1 robo, en 28 minutos por choque. El cuento de hadas del Rose Garden tenía final feliz y ni las postreras lesiones empañan el momento cumbre de su carrera: “Fue la situación más especial de mi vida y la oportunidad más grande que tuve jamás, la de poder jugar un año entero. Tras la muerte de mi padre, resultó especialmente emocionante para mí”.

Amigo de Sergio Rodríguez en Portland, el jugador se veía en el momento cumbre de su etapa profesional y, a los 30, presionó para firmar un contrato lucrativo que nunca llegó. Carismático y con fama de ser el próximo Bruce Bowen o Raja Bell, Udoka dejó el equipo de su vida, que quería darle paso a los jóvenes, para firmar por unos Spurs en los que encajaba a la perfección como especialista.

En San Antonio, sorprendió en la primera temporada (5,8 pt, 3,1 reb, 18 min), logrando pasar de un rol marginal a arañar muchos minutos de juego, con un rol importante en los momentos clave, luciéndose en semifinales de conferencia contra New Orleans y aportando consistencia contra los Lakers, que les dejaron sin Final NBA. La segunda campaña (4,3 pt, 2,8 reb, 15 min), en cambio, se desarrolló de forma inversa, con Ime yendo de más a menos, perdiendo protagonismo con la recuperación de Ginobili, viéndose adelantado por Roger Mason en la rotación y sin el consuelo de un buen resultado para los suyos. Con el tiempo, duele menos. “San Antonio es el conjunto que más me ha ayudado en mi carrera, es un equipo fantástico del que pude aprender cada aspecto de la NBA. Además, jugar con Popovic fue increíble. Marca a cualquier jugador”.

En la 2009-10, estuvo a punto de regresar a Portland, con el que firmó un contrato para ser cortado en octubre por la llegada de Patrick Mills, una piedra más en su camino, que no minó su moral. Su fe le permitió una oportunidad más en la liga norteamericana de la mano de los Kings (3,6 pt, 2,8 reb, 13 min), con los que pese a no tener contrato garantizado y no brillar demasiado, se ganó una plaza hasta final de temporada al ser uno de los héroes en la increíble remontada de Sacramento en Chicago, con 15 puntos suyos en el último cuarto para ganar un partido que llegaron a perder por… ¡35! “La experiencia, muy diferente a la de San Antonio. Pasé de un equipo ganador a uno joven y perdedor. Ahí comenzó mi transición a veterano y les ayudé de otra manera, compartiendo mi experiencia con los compañeros”.

Al final de temporada, se dejó querer por los Spurs, afirmando que podía ayudar más en un equipo tan sólido que en los inconsistentes Kings y, sin dejar de entrenar durante todo el verano en el que él denominaba su propio campus –un workout con técnico dedicado a ponerse en la mejor forma posible-, en noviembre volvió a sonar su teléfono. Era San Antonio. Era su último tren en la NBA. El balance, de solo 20 partidos con 6 minutos de media (0,7 pt, 1 reb), una anécdota al lado de su bagaje de 316 encuentros en la NBA o de la ética de trabajo, compañerismo, veteranía y calidad humana que regaló allá por donde pasó en aquel firmamento de estrellas que él, un buen día, se atrevió a tocar sin miedo.

La conversación que no fue

Era el 12 de octubre y él no faltó a la cita. Mientras caminaba por el cementerio, se emocionó, acordándose de todo lo que le hubiera gustado vivir con Vitalis. La de conversaciones pendientes que tenían. Su salida de San Antonio, meses antes y su posterior renuncia al viejo continente buscando otra oportunidad en la NBA. Sus entrenamientos intensivos en verano y sus coqueteos con los Suns. Su viaje a la Nigeria de su padre y su participación en el Afrobasket de Madagascar, culminado con otro bronce y unos números brillantes, asegurando 12,4 puntos, 5,6 rebotes, 5,3 asistencias por partido.

Cuántas cosas de las que hablar. Le hubiera contado su debut en el Rose Garden, su temporada en Portland, su boom en la NBA, tan prohibida y tan lejana años antes. Mucho que hablar de su hija Mfon, hoy entrenadora asistente en el combinado nigeriano. De su querida esposa Agnes, que disfrutó por los dos los éxitos de su hijo.

Le hubiera susurrado la sorpresa que él y su hermana le dieron a su madre tres años antes, cuando Ime compró en secreto una casa para Agnes, Mfon se pasó meses decorándola y, un buen día, con la excusa de ver un minuto a un amigo en el camino al restaurante, sus amigos y familiares la sorprendían cuando abría la puerta con un sonoro “Welcome to your new home” (Bienvenida a tu nueva casa) que emocionó a la mujer. Y al propio Ime, al que le hizo “diez veces más ilusión” aquel momento que estrenar su propio piso. Tanto por decir y tanto por lo que sentirse orgulloso, mientras depositó, justo 5 años después de su muerte, su flores en su tumba del cementerio de Portland.

Udoka no se olvidaría tampoco de la buena nueva. Del pequeño Kez Sunday que nació semanas después, en noviembre, fruto de su amor con la reconocida actriz Nia Long, famosa por sus papeles en películas como Premonition, Made in America, Esta Abuela es un peligro o, cómo olvidarlo, por ser la novia de Will Smith en El Príncipe de Bel-Air.

¿Por qué volvió a pasar entonces? Maldita sea, ¿por qué el puzzle volvió a romperse cuando todas las piezas encajaban? Un mes después de nacer su hijo y con la NBA llamando a sus puertas otra vez, el corazón de Agnes dejó de latir a los 65 años de edad. “Fue todo tan raro… mi hijo nació un 7 de noviembre y mi madre murió el 7 de diciembre”, relata con tristeza. Nuevamente, el baloncesto le hizo un cruel guiño.

Su madre falleció un miércoles, el lunes era el entierro y el jueves siguiente tenía delante un contrato sin garantizar de los Nets. Empero, después solo dos partidos con poca participación (2,5 pt, 2,5 reb), la historia no se repitió y el jugador fue cortado antes de empezar la temporada, lo que precipitó su llegada a Murcia en enero. “Era una forma de motivarme tras una situación tan indefinida. El UCAM Murcia suponía una oportunidad, una ilusión”. El reto le apasionó.

\"¡Qué bueno es Udoka!\"

“Cuando llegué, vi que se trataba de un equipo fuerte que simplemente iba mal, por lo que me propuse compartir todo lo que he vivido en mi carrera para que el equipo crezca y pueda quedarse en la Liga Endesa”, relata un jugador contratado por su físico, su defensa y su capacidad para correr y rebotear. No obstante, no pudo ser más complicada su llegada, con el equipo acuciado por la falta de victorias y el balón sin querer entrarle. Errático en su estreno (1/11 y -8 de valoración nada más aterrizar) y poco acertado en los tres siguientes partidos, el UCAM Murcia valoraba su compromiso más allá de los números.

“Es importante en el vestuario, en un mes diremos todos… ¡qué bueno es Udoka!”, comentaba el director general Alejandro Gómez, mientras que el nuevo técnico Quintana ponía la mano en el fuego confiando en su mejora: “Va a aportar más cosas. Ha estado parado y eso le ha hecho mella pero en los momentos calientes de partido siempre sabe estar”.

Ime, que se exigía a sí mismo ser líder, conseguir más victorias y estar más acertado en el tiro, empezó a despertar desde el quinto partido, en el que firmó 12 puntos y 20 de valoración contra su ex, el Gran Canaria 2014. Más tarde llegarían los 14 puntos contra el Gescrap Bizkaia, 15 frente al Blusens Monbus (17 valoración), 19 puntos y 9 rebotes contra el Banca Cívica y, la guinda, 29 de valoración contra el Blancos de Rueda Valladolid, con una actuación portentosa.

13 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias y 5 robos. Casi nada. Números tan elevados en cuatro categorías diferentes solo se habían visto en un par de ocasiones en los últimos 15 años (Jaka Lakovic y Pepe Sánchez) y, pese a que hay otros 18 antecedentes en global en la ACB, jamás nadie los había conseguido en menos de 29 minutos de juego. El de Portland lo hizo en 21. Pura historia.

“Estoy feliz en Murcia, pasando una etapa muy buena en mi carrera. Desde el principio me dieron una bienvenida cálida en el equipo y me siento cómodo aquí para intentar mejorar mi juego”, comenta el “7” del UCAM, confiado en la salvación de un equipo que cree que juega mejor de lo que los resultados indican. “El equipo está creciendo y la afición debe seguir así. Gracias por su apoyo porque lo notamos”.

Ime Udoka, completamente centrado en el objetivo de la permanencia, ni quiere pensar en verano, aunque reconoce que estar en Londres sería la guinda al pastel de su carrera, asegurando que participará en el torneo clasificatorio con Nigeria para apurar su último sueño en una carrera que, caprichos de la vida y casualidades a un lado, repasa con la mayor sonrisa: “Estoy orgulloso de cada equipo y de cada situación por la que he pasado en mi carrera”.

Udoka, hombre de mundo

“You dey craze!”, se dice de manera informal en Naija, uno de los idiomas usados en Nigeria, cuando alguien no se cree lo que otro le dice. Un “estás de coña” a la nigeriana que seguramente le hubiera espetado Ime a cualquiera que le hubiera vaticinado un cambio tan radical en su carrera cuando a los 29 años aún mendigaba una plaza en la NBA. Nadie le regaló nada.

“No dejes que nadie te diga que no”, repite como lema el nigeriano de Portland, todo un trotamundos al que los viajes le han dado una nueva perspectiva de lo que le rodea. “Estados Unidos, Europa, África, Asia con aquel Mundial… hay gente que no ha salido de su vecindario en toda su vida y no puede descubrir esto. Te das cuenta lo especial que es esta profesión, que me ha enseñado el mundo y provoca que tenga una mentalidad más abierta. Entiendes muchas cosas y mentalidades diferentes a las americanas”. ¿Y España? “Simplemente, conocerla fue una de las razones por las que me fue tan fácil volver a Europa. Me encanta este país. Hay grandes ciudades, aunque me gustan más aún las que están al lado del mar, como Valencia o Málaga. Fácilmente, uno de los lugares más bonitos donde jugué nunca”.

Tímido para la gente, algo impuntual, amante del boxeo en general y de Lennox Lewis en particular, lector ávido que disfruta devorando libros y amante de la música que sabe moverse en Internet, duerme en su cuerpo un alma de guitarrista incompatible con su profesión. Tiempo al tiempo. “He dado clases pero todavía no he llegado a donde quiero. Soy algo inconsistente y pierdo la práctica, aunque me he comprado una guitarra y quizás mejore cuando no sea jugador de baloncesto”.

Amante del gimnasio, al que acude con la misma ilusión dos décadas después de hacerlo como un niño y diplomado en Ciencias Sociales, Ime tiene su propio campus de baloncesto en su antigua universidad de Portland State y también creó allí un sistema de becas, las 'Vitalis Udoka Memorial Scholarships', para ayudar económicamente a los estudiantes de Administración de empresas con menos recursos económicos.

Es otro guiño de homenaje del que no olvida a quién le debe agradecer cada trago de su carrera, una borrachera inesperada de éxitos. “Mi padre trabajó mucho conmigo, estuvo siempre a mi lado y me hizo trabajar duro para mejorar cada día. Él me empujó al baloncesto. También mi madre me apoyó toda mi vida y me ayudó mucho, por lo que ahora intento hacer que se sientan orgullosos y agradecer el apoyo que me dieron para llegar a lo que soñé cuando era niño. Solo quiero coger el balón y demostrar cuánto les quiero”.

“Tras la muerte de mi madre llegar a Murcia me motivó mucho”, continúa. “Cuando pasan esas cosas cambia mi forma de concebir la vida y hasta de concebir el basket. Ahora se trata de jugar por alguien más, a los que cuidar. Son una motivación. Ya no se trata de mí. Ya se trata de ellos cuando pienso en mi futuro”.

Decía Isaac Newton que sus descubrimientos, más que del talento, eran fruto de la paciencia. Y de eso va servido un jugador cuyo nombre, en ibo, lengua nigeriana, significa “paciencia”. Lesiones, temporadas grises, otras en blanco, kilos de cajas cargadas y descargadas a sus espaldas, ligas menores y hasta muertes repentinas cuando la vida parecía sonreírle. Y siempre sin perder la calma. Ni siquiera en batallas campales con aroma a Mortal Kombat.

Jugó en equipos clásicos, en aspirantes y hasta en la franquicia de su vida. Rebasó la frontera de los 300 partidos NBA, cuando poco antes de cumplir la treintena apenas podía presumir de 12. Se hizo conocido, querido y hasta imitado por parte de los que creyeron su lema de que los sueños se alcanzaban. Como los suyos, uno tras uno desde aquellos días imitando a Drexler en Oregon. “Honestamente, cumplí el sueño de mi carrera. Desde que era niño lo deseé y siempre tuve un plan y siempre lo di todo por conseguirlo. Pude dedicarme a lo que quería cuando ni siquiera había sido antes drafteado. Llegué a la NBA, pude jugar a buen nivel por todo el mundo y ahora lo que toca es cumplir los sueños fuera de la pista de baloncesto. Ser buena persona es más importante que ser solo un buen jugador de baloncesto”.

El propio fufu, el alimento más básico –y el más rico para Ime- de Nigeria, tiene su ritual. Se machacan las raíces hervidas de almidón, como el ñame y la casava en una gran cazuela con un mortero, se forma una gran bola, que se coge con la mano derecha y sirve para recoger el caldo, como si fuera un utensilio. Más tarde, se traga sin masticar. Como si fueran mil pedazos de un solo rompecabezas, símbolo de la trayectoria de Udoka. Carrera tranquila, reposada a fuego lento, y todo un puzzle por resolver con paciencia, con orgullo. Como el que tenía un sueño, como el que tenía un plan. Aunque a veces falten piezas. Aunque siempre falten ellos.

fuente

Daniel Barranquero ACB.COM