30 Diciembre 2017

Es época de balances, de miradas atrás. Inevitablemente, cuando un año acaba o está a punto de marcharse por el sumidero, ponemos los ojos en los últimos doce meses, en aquello que nos ha hecho sonreír, o llorar, antes de fijarnos en lo que está por venir.

En el deporte se hace más notorio este hecho, dado que es capaz de generar emociones como casi ninguna otra práctica en el ecosistema social de Occidente. El fútbol, como deporte rey -permítenos el tópico-, es la punta de esta lanza, siempre a la vanguardia del sentimiento vivido tras el gol o tras el fallo, después de la alegría de la victoria y de la tristeza de la derrota.

Para nosotros, 2017 será para siempre el año en el que no pudimos alcanzar la permanencia en Segunda División A, por lo que sabemos que tú como aficionado lo calificarás como horrible, para olvidar, desagradable…

Y, en cierto modo, no te falta razón.

Pero nosotros queremos definirlo como agridulce. Es una palabra manida, falta de originalidad, valga la redundancia. Lo sabemos. No obstante, tenemos la certeza de que siempre hay algo bueno en todo lo malo y esa es nuestra principal conclusión de 2017.

¿Te acuerdas de cómo empezó?

Estábamos en descenso, en una situación deportiva difícil. Acababa de llegar Francisco al banquillo pues sumábamos varias derrotas consecutivas y era necesario reconducir la situación. En el primer partido del nuevo año empatamos 0-0 en Alcorcón. Fue el inicio de algo bueno, algo que palpamos el 3 de febrero cuando, tras ganar en La Condomina al Sevilla Atlético por 1-0, alcanzamos una zona de la tabla más tranquila.

En esos primeros meses la ilusión nos desbordó. Comenzamos a llamar la atención, deportivamente hablando, en LaLiga 1|2|3. Hasta abril solo perdimos un partido (1-3 contra el Real Valladolid).

En primavera, la permanencia estaba cerca, muy cerca. Tan solo hacían falta unos pocos puntos más para terminar de sellarla. Sumamos victorias importantísimas frente al Tenerife o el Huesca en casa, también a domicilio contra el Girona, hoy equipo de LaLiga Santander. Partidos de mérito que pusieron en órbita a nuestro escudo, a nuestra camiseta, a nuestros colores. Donde nunca habíamos estado y donde soñábamos con estar.

Pero este año que termina guardaba para nosotros una enseñanza: hasta el último minuto del último partido puede pasar cualquier cosa. No sumamos ningún punto en las tres últimas jornadas y en el último minuto del último partido caímos en el descenso, sin posibilidad de reaccionar y de reconducir la situación.

El sueño de plata se había acabado.

En 2017, por tanto, perdimos un tesoro de valor incalculable, se nos escapó de las manos, nos lo arrebataron de los dedos en Tarragona con aquel 1-0 y ese penalti errado con empate a cero que… ¿quién sabe?

Sin embargo, en 2017 hemos aprendido más que nunca. Somos más maduros, más experimentados y estamos mejor cimentados.

Y además no hemos perdido una pizca de esperanza.

La ilusión no se va así como así.

Dedicamos innumerables horas de trabajo durante este verano para intentar volver a tener un equipo lo más competitivo posible para luchar por el playoff de acenso y, de momento, la clasificación dice que, entre todos, lo estamos consiguiendo.

Empezamos la temporada sumando varias victorias consecutivas, de mérito, con Lluís Planagumà al frente, que nos hicieron líderes del grupo IV de Segunda B. Luego los resultados fueron perdiendo vigor y llegó José Miguel Campos, con quien, otra vez, volvemos a ilusionarnos acabando el año en playoff de ascenso.

Por eso queremos que 2017 sea agridulce y no solo amargo, pues la vida sin ilusión es un cuento carente de cualquier sentido. Cerramos un año histórico, en gran parte triste pero también esperanzador, un capítulo que jamás olvidaremos del libro que entre todos estamos escribiendo.

¿Qué nos depararán las siguientes páginas? Quién sabe. Pero recuerda: lo mejor siempre está por llegar.

Feliz 2018 de parte de todos los que formamos parte del

Universidad Católica de Murcia Club de Fútbol.