16 Marzo 2009




\"\"“Sí, soy muy feliz. Siempre estoy en etapa de aprendizaje y creo que este año he avanzado varios pasos en el camino para llegar a ser una mejor persona”. Acostumbrados a las palabras llenas de presunción y arrogancia de tantos y tantos jugadores que al alcanzar cierta fama o renombre ya creen que lo saben todo sobre el baloncesto o incluso sobre la vida, quizás las de Chris Thomas puedan sonar extrañas. Está claro que a priori no encajan tampoco con la supuesta personalidad de alguien que en una entrevista interactiva se definió a sí mismo como “Papichulo”… “Fue una broma, claro. No me considero un Papichulo, ni siquiera sé realmente qué significa”, asegura el base. No obstante, si uno echa un vistazo a su historia personal e intenta comprender cuál es la filosofía que el jugador del CB Murcia aplica a todo lo que hace, es fácil entender el porqué de su éxito profesional, y

mucho más importante, el motivo de su felicidad actual.

La infancia de Thomas en Indianápolis, su localidad natal, estuvo marcada desde un principio por el ejercicio físico: “Era un chico que pasaba todo el día en la calle, algo que todavía me gusta hacer”. De este modo, creció en un vecindario lleno de niños de su edad con los que practicaba cualquier tipo de deporte, entre ellos, como no, el baloncesto. Posiblemente, la culpa de su afición por este último no se deba a la tradición baloncestística propia de Indiana, sino a su padre, Frank, el cuál jugó en la Butler University y llegó a ser seleccionado All-State en su paso previo por el Northside High School. “La gente siempre hablaba de lo bueno que era mi padre jugando, tanto en el instituto como en la universidad. Es una persona muy tenaz y creo que fue en los partidos contra él donde se fraguó mi naturaleza competitiva”, explica. Tal vez por eso, Thomas no paró de mejorar día tras día sus cualidades con el balón, hasta que con 16 años comenzó a ganar regularmente a su padre. De aquellas pachangas familiares también obtuvo otro don: su excelente puntería en los tiros libres. “Mi padre odiaba cuando fallaba alguno. Desde entonces cuando voy a la línea de tiros libres, lo hago confiado y relajado”, confiesa.

Los Thomas eran una familia muy unida y el hecho de que Chris fuera el segundo de cuatro hermanos también contribuyó a moldear su carácter. Sus hermanos pequeños le ayudaron “a desarrollar la disciplina y el liderazgo, ya que yo fui siempre la persona que tomaron como modelo a seguir”. Por otro lado, sus padres, a los que no duda en nombrar como “las personas a las que más admira y respeta”, así como su hermana mayor, habían sido muy buenos estudiantes y exigían lo mismo de él, emplazándole siempre a “trabajar muy duro”.

Y eso fue lo que hizo tanto en su periodo en high school, durante el cual llevó a los Red Devils de Pike hasta la consecución de dos campeonatos estatales, llegando a ser nombrado Mr. Basketball en 2001, como en su posterior etapa en Notre Dame. A esta última llegó atraido por su gran tradición académica y deportiva, matriculándose en Económicas. En los cuatro años de su singladura con los Fighting Irish, el base logró unos espléndidos números, firmando 18 puntos por partido, además de convertirse en el mejor asistente de la historia del equipo, el segundo máximo triplista, el tercero en robos y poseer el único triple-doble obtenido por jugador alguno de Notre Dame. Más y más records que no hicieron sino agrandar su figura entre los aficionados del equipo, de tal forma que todavía es recordado por ellos como el mejor base que ha pisado la pista del Edmud P. Joyce Center, incluso por encima del mítico David Rivers.

“Echo mucho de menos a Coach Brey, él es el responsable del gran nivel del programa actual de Notre Dame”, asegura. En efecto, buena parte del éxito del número ‘13’ (“No soy nada supersticioso, de hecho, ése es el número con el que más suerte he tenido”, apunta Chris) del CB Murcia y de sus compañeros en aquellos años, se debió a Mike Brey, el entrenador que en sus nueve temporadas al frente de la plantilla ha hecho de Notre Dame una escuadra a tener en cuenta en la Big East. Cuando vuelve la vista atrás, Thomas también recuerda la estupenda relación que mantenía con los demás efectivos y técnicos. “Allí hice grandes amigos con los que intento todavía mantenerme en contacto”, relata con orgullo al decir esto último. No obstante, y como parece algo normal en él, lo que más valora es que su paso por la institución académica le hizo “mejor en todos los aspectos”.

Como era de esperar, sus números y su juego llamaron la atención de las franquicias de la NBA, llegando a probar con varias de ellas antes del draft de 2003, pero el jugador decidió seguir un año más en la universidad y acabar sus estudios. El de Indianápolis, que aún no tenía agente por aquellas fechas, prefirió no arriesgarse puesto que no tenía la seguridad de que iba a salir en primera ronda, tal y como él deseaba. Por desgracia, en su año como Senior se lesionó la rodilla, lo que afectó a sus actuaciones con los Irish y, por ende, a sus opciones de poder jugar en la mejor liga del mundo.

Aún así, no se arrepiente de su decisión: “Solía reflexionar bastante sobre por qué no fui elegido por ningún equipo en el draft, ya que yo estaba jugando a un gran nivel en la universidad, pero luego me di cuenta de que realmente no era algo que estuviera en mis manos. El baloncesto es un negocio y no culpo a nadie por el hecho de que no juegue en la NBA. Ni siquiera a mí mismo”.

Su periplo en el viejo continente
Llegó entonces el momento de buscar fortuna en Europa, de realizar el peregrinaje que tantas otras estrellas de la NCAA sin suerte en el draft habían recorrido previamente. Italia fue su primera parada, concretamente en el Fabriano de la Lega Due. Pese al gran cambio que supuso el tener que adaptarse a un baloncesto y un modo de vida totalmente distintos, Thomas cuajó una buena temporada, promediando 16,4 puntos y 4 asistencias. “Era nuevo en Europa y tampoco estaba acostumbrado a una ciudad tan pequeña, pero tenía a mi alrededor muy buenos jugadores que me ayudaron un montón”, recuerda.

Tras su brillante año en el país transalpino, tocaba ahora subir otro escalón: el Maroussis de la primera categoría helena. “Lo que más me gustó de Grecia es que tenía a mis amigos de otros equipos muy cerca. Siempre íbamos a cenar, al cine o a fiestas todos juntos. Es divertido conocer otras culturas, pero creo que es mejor si tienes con quién compartir la experiencia”, destaca. Desafortunadamente, ese bienestar no se vio refrendado del todo en la cancha, donde consiguió unas cifras discretas: 8,5 puntos y 3,3 asistencias en la A1. Aunque mejoró sus numeros en la FIBA Eurocup con 13 tantos, 4’2 rebotes y 2’8 asistencias por choque. Su etapa griega se acabaría en enero de 2007 cuando fue contratado por el WTK Anwil de Polonia. “Abandonar Grecia e irme a Polonia fue algo duro. Hacía mucho, mucho frío y al principio casi no tenía vida social, puesto que no conocía a nadie salvo a mis compañeros de equipo”, expone. Aún así, y a diferencia de en el Maroussis, su rendimiento aumentó, ganando una Copa y rubricando 10,2 puntos, 2,9 rebotes y 3,5 asistencias por encuentro (41’7% en tiros de 2, 38’2% en triples y 96’3% en tiros libres).

España y la Liga ACB
Thomas obtuvo además en esa temporada el pasaporte comunitario (polaco), lo que hizo que el CB Murcia se fijara en él y acabara haciéndose con sus servicios. Fue un año, el pasado, de adaptación a la liga más fuerte del viejo continente (“No elegiría jugar en ninguna otra liga de Europa”), pero que sirvió para demostrar que su sitio natural está con los mejores, si no de la NBA, al menos del resto del mundo. Él mismo tiene claro que, gracias a la experiencia de estos años fuera de su país, es ahora un jugador superior al que salió de Notre Dame en 2005. Hay más: Su percepción del rol que desempeña en la pista ha cambiado: “Al principio de mi carrera jugaba como combo guard, por lo que casi siempre era la primera opción en ataque, pero ahora las cosas son diferentes y prefiero ser un auténtico base puro”. Un objetivo que no le da miedo alguno, al contrario: “Para mí es un desafío, quiero ser el mejor base que pueda ser”. El camino para lograrlo no es fácil y él es el primero que reconoce que aún debe perfeccionar muchos rasgos de su juego, como “tomar decisiones, liderazgo, consistencia… Todas ellas son cosas que me han impedido el poder jugar con las grandes escuadras de Europa y que debo pulir”. Bien que debe haber corregido algún error que otro cuando esta temporada está logrando sus mejores registros a nivel individual (11 puntos, 4,5 asistencias y 1,8 recuperaciones con un 39% en triples), siendo incluso el líder de su equipo en valoración y el único base presente en el Top15 del Ranking ACB (14,75).

Su preocupación por mejorar comprende también lógicamente a su actual club: “Queremos permanecer en la ACB. No pensamos en ninguna otra cosa. Pero, además, también deseamos ser temidos y respetados por los demás”. Un respeto que él ya ha logrado por parte de la afición murciana, que lo considera uno de los estandartes del equipo y que igualmente admira complacida como el norteamericano se ha adaptado perfectamente a los usos y costubres del lugar, tal y como hiciera el todavía ídolo local Marcus Fizer hace un par de años. “Lo que más me gusta de España es la ‘siesta’” y “me encanta el tiempo, el ambiente por las noches y que la gente coma y cene tarde como yo”, admite.

Y es que el ex – Irish no es para nada una persona diurna: “Ni siquiera me gusta desayunar, si acaso, alguna vez tomo un café antes de los entrenamientos, pero definitivamente soy un noctámbulo”. Amante, eso sí, del buen comer, adora la paella, especialmente con pollo, lo que ha hecho que casi olvide su predilección por la comida italiana: “No estoy seguro de si algún día conseguiré cocinarla como lo hacían en Fabriano, pero al menos lo intento”. Una respuesta ya oída anteriormente. Constantemente aprendiendo, costantemente dispuesto a mejorar, sea en el campo que sea. Ora la gastronomía, ora el idioma: “Sí, puedo hablar un poco de español”, confirma orgulloso en nuestra lengua, aunque con un acento norteamericano bien manifiesto. Pero, por encima de todo, siempre preparado para aprender sobre la vida misma y perfeccionarse como ser humano. ¿Papichulo? Va a ser que no. “Me conformo con que me llamen C. T. Simplemente, C. T.”, finaliza.
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José Carlos Sánchez Zamora